Juliana sentada frente a su computadora no hacía más que oprimir con rapidez las teclas como una tormenta de granizo que proyectaba incontables letras sobre aquella superficie blanca y luminosa en la que su mirada parecía perderse.
¿Qué escribía con tanta concentración? Una carta, una carta que venía escribiendo desde hace meses, corrigiéndola, cambiándola, reformándola, una y otra vez, pero jamás esta carta era enviada a su destinatario.
Se sentía cobarde por no ser capaz de decir frente a frente lo que escribía en esa interminable carta y peor aún, cobarde por ni siquiera ser capaz de enviarla.
¿Tan peligroso era el contenido de aquellas palabras? Para ella si lo eran, porque su verdad la atormentaba, y el motivo que más cerca la hacía sentir del destinatario de la carta, era a la vez lo que más la alejaba y eso le dolía y la confundía enormemente.
Tuvo que pasar mucho tiempo para juntar el valor de terminar de enlazar todos sus pensamientos y plasmarlos finalmente en unos párrafos cargados de verdad que sabía serían el detonante de un evidente adiós.
No se la envió, juntó las agallas para leérsela ella misma y no le permitió decir una sola palabra y es que este no era un intento desesperado de retenerlo, era un intento desesperado de ser sincera, no sincera con él, sincera con ella misma y enfrentarse con una realidad que había venido disfrazando.
Atónito él había escuchado con atención cada palabra y su respuesta fue un profundo silencio y una mirada desconcertada que ni siquiera pudo sostener.
Él no la quería, o al menos no la quería de la misma manera que ella a él, pero de alguna manera sintió tristeza.
La abrazó con fuerza y le dio un beso en la frente. Se fue sin pronunciar palabra, no quería herirla, esa nunca fue su intención.
Aliviada ella se sintió orgullosa de si misma, aunque el motivo de ese orgullo fuera abrir una herida. La herida sanaría tarde o temprano y su alma estaba en paz.