Fuimos todos una tarde a recorrer a recorrer el campo de la Familia. Hace mucho que no lo hacíamos y eso se notaba con solo mirarlo. Los pastos estaban crecidos desmesuradamente, el cañaveral había invadido una buena parte del huerto del Fondo de la casa y ya casi ni se podía ver el riachuelo en el que tantas veces jugué.
De repente vi a lo lejos asomarse una sombra negra que se iba acercando a nosotros. Era Manuelito, el perro de la casa, que aunque viejo, cojo y medio ciego, había sobrevivido en medio de toda esa miseria.
Se acercó a nosotros ladrando como loco, pero ya estando a unos metros su olfato, Fiel como ningún otros de sus sentidos, le hizo reconocernos y meneando la cola, entre su cojera y su cansancio, se acercó a nosotros con notoria alegría.
Con los roncos ladridos de Manuelito, Benita y Vicente, los cuidadores de la hacienda, se anoticiaron de nuestra llegada y salieron también a saludarnos.
Ellos estaban muy lejos de parecerse a las personas que yo recordaba. Sus incontables arrugas dibujaban en su rostro el inevitable paso de los años. Se los veía cansado y viejos, pero amables como siempre.
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